Lamentablemente, en el mundo en el que vivimos y ante una crisis como ésta los primeros afectados son las personas más vulnerables de la cadena de suministro. De acuerdo con Fashion Revolution, millones de fabricantes de prendas de vestir ya han perdido sus empleos como resultado del virus y no tienen acceso a redes de seguridad social o financieras para ayudarlos a enfrentar esta tormenta.

En la industria de la moda por lo general, las marcas suelen pagar a sus proveedores semanas o incluso meses después de la entrega, en lugar de hacerlo contra entrega. Esto significa que los proveedores generalmente pagan por adelantado por los materiales o fibras utilizadas empleadas en el desarrollo de sus productos. En respuesta a las medidas impuestas por la pandemia, muchas de las principales marcas y minoristas de moda cancelaron pedidos y suspendieron los pagos de pedidos ya efectuados, incluso cuando el trabajo ya se había realizado, sin responsabilizarse por el impacto que esto tiene en las personas que trabajan en sus cadenas de suministro. Ante esto, las fábricas no les queda otro remedio que destruir o retener los bienes no deseados ya fabricados y hacer despidos en masa de sus trabajadores.

De acuerdo con un informe de Bloomberg, marcas europeas y estadounidenses, incluido Primark, han cancelado alrededor de $1.5 mil millones de pedidos de prendas de vestir de Bangladesh (el mayor exportador del mundo después de China) a medida que el brote de coronavirus afecta la demanda, lo que implica que alrededor de 1,089 fábricas de textiles han tenido que parar su producción y muchas cerrar indefinidamente. Esto afecta directamente a 4 millones de trabajadores empleados en el sector de la confección en Bangladesh, impactando directamente su vida y la de sus familias.

Por su parte, el Reporte BCG informa que, en una encuesta de más de 500 instalaciones en todas las principales regiones de producción, el 86% se han visto afectadas por pedidos cancelados o suspendidos. Como consecuencia directa, el 40% ahora intenta sobrellevar de la crisis de alguna manera y como consecuencia, han aumentado los números de trabajadores despedidos y fábricas cerradas.

Por supuesto, la moda no solo se crea en las fábricas, también implica un trabajo artesanal importante que a menudo se hace a mano por trabajadores de países en vías de desarrollo, lo que supone que por la situación de estos países los trabajadores suelen ser informales y por lo tanto carecen de protección laboral, social y de salud, provocando una crisis humanitaria insuperable. A esto hay que agregar que estos países particularmente afectados por la pandemia dependen del comercio internacional, turismo, exportaciones de productos básicos y financiamiento externo que a causa de la crisis están sufriendo contracciones en su ingreso per cápita, lo que empujará a millones de personas a la pobreza extrema.

Otro punto a considerar es que se prevé que a raíz de la pandemia millones de niños y niñas a nivel mundial corren el riesgo -por primera vez tras veinte años de avances- de ingresar a la vida laboral para ayudar a los sustentos familiares, lo que podría propiciar un aumento significativo en los índices trabajo y explotación infantil, causando inevitablemente un daño significativo en su salud, seguridad y respeto por sus derechos. Esto de acuerdo con el nuevo informe de la Organización Internacional del Trabajo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia “COVID-19 and child labour: A time of crisis, a time to act.”, donde se plantea que el aumento de un punto porcentual en los niveles de pobreza conlleva a un aumento del 0.7% o más del trabajo infantil.

Ante esta situación, nosotros como consumidores y ciudadanos responsables, debemos exigirle a las marcas de moda que protejan a los trabajadores de toda su cadena de suministro tal como lo harían con sus propios empleados y a nuestros gobiernos que provean las ayudas necesarias, especialmente durante esta crisis económica y de salud mundial sin precedentes.

Si bien el panorama pinta desolador, recordemos que la industria de la moda es una industria creativa, eso implica que muchas marcas encontraron formas ingeniosas para contribuir a las necesidades de sus centros productivos y de la sociedad en general. Por ejemplo Barbour está reutilizando instalaciones de producción para fabricar batas médicas, Migrolio está produciendo máscaras faciales gratuitas en nombre del gobierno italiano y LVMH está produciendo desinfectante para manos dentro de sus instalaciones de perfumes además de 40 millones de máscaras médicas.

Además, los grandes conglomerados de la industria han hecho donaciones masivas, por ejemplo, la Fundación Tiffany & Co., donó $750,000 dólares para el Fondo de Respuesta Solidaria COVID-19 para la Organización Mundial de la Salud y $250,000 dólares para The New York Community Trust’s NYC COVID-19 Response & Impact Fund, LVMH donó $2.2 millones de dólares a la Cruz Roja de China y Maison Valentino donó 1 millón de euros a un hospital de campaña de emergencia en Madrid, España.

En Colombia, varias marcas optaron por la colaboración a través de alianzas de ayuda que lograron recaudar dinero para poblaciones en condiciones de vulnerabilidad que hoy nos necesitan. A través de la venta de productos o donaciones voluntarias han logrado llegar a comunidades de artesanos, indígenas, personas de la tercera edad y niños y niñas de los diferentes territorios que han sido flagelados por la situación actual.

¿Pero es esto suficiente? Sin duda es un buen momento para repensar el sistema actual de la moda en el mundo, un sistema que depende de una explotación generalizada y un desequilibrio de poder entre las grandes marcas y las economías en desarrollo, un sistema que permite que las empresas puedan establecer sus términos y condiciones de forma unilateral, sin pensar en las consecuencias para sus proveedores y los trabajadores de éstos.


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*Angélica es mexicana, tiene un máster en Derecho de Tecnologías de la Información, Redes Sociales y Propiedad Intelectual, en ESADE Business & Law School. Actualmente trabaja en el desarrollo de una startup y en su proyecto "un pedacito de corazón", un proyecto social que tiene como fin dar a conocer y vender el trabajo de comunidades indígenas mexicanas.