Cuando me dijeron que escribiera sobre el tema, tenía claro que la idea era tratar de corregir la noción de que la sostenibilidad sólo está disponible para una minoría privilegiada. Pero inmediatamente me di cuenta de lo común de esa historia, la cantidad de veces que han tratado de contarla y de cómo convertimos en cruzadas las ideas, aferrándonos a los extremos sin buscar otros lugares desde donde contarlas. Entonces me propuse plantearme desde el lugar no habitual esta pregunta y por tanto desarmar lo preconcebido y con sus partes recompuestas exponer otra teoría.

Siempre dije que había escogido el diseño porque era mi manera de comunicarme con el mundo sin tener que hablar. Pero con el tiempo me he dado cuenta que cada vez que diseño, lo primero que hago es hablar(me) y poco a poco he comprendido lo mágico y útil que resulta el lenguaje para trazar líneas, descubriendo que en el lenguaje están mis raíces. Por eso, siempre que quiero contar algo me remito a lo más básico de él: sus palabras, esas que la mayoría del tiempo decimos sin medir su peso pero que al decirlas definen, sacan del montón, la hacen particular, pues con la palabra deja de ser anónima. Como esta era una idea nueva, volví entonces a las palabras, a los verbos para hacerla posible, porque para entender lo macro hay que reparar en los detalles que lo componen. Por lo tanto, voy a hacer una breve reseña de lo que son para mi la moda, lo sostenible y el lujo y desde ahí responderé a la pregunta como un ejercicio propositivo más que como una verdad irrefutable.

Empecemos por la moda: aquí hay que aclarar que esta se diferencia del vestir por las implicaciones que tiene dentro de la construcción de una identidad. Por eso mismo, aunque el término moda no se acuñó sino hasta el siglo XVI, las prácticas que rodeaban el cubrir el cuerpo desde mucho antes se distanciaban de la función de supervivencia y respondían en cambio, al deseo de proyectar unos imaginarios colectivos e individuales cargados de significados y narrativas. Así, cuando hablo de moda me refiero a ese fenómeno que es el resultado de las configuraciones sociales, económicas y culturales de una época o grupo social determinado, que se refleja (en este caso) en la indumentaria y que son asumidas y remasterizadas por el grueso de los individuos en un espacio y tiempo, a la vez que son constantemente reimaginadas para dar lugar a nuevas representaciones de los mismos objetos. En este constante cambio por el cambio es donde se arraiga la narrativa de la moda que conocemos y donde se intersecta con la tendencia y en consecuencia, con el consumo.

Por otro lado, la sostenibilidad es un término mucho más nuevo, con alrededor de 50 años, y aunque la mayoría de los que abordan el tema se referencian en el concepto emitido por la comisión Brundtland, yo prefiero irme a la raíz de la palabra que indica la posibilidad de mantenerse a sí mismo. Esto no quiere decir que todo tiene que ser individual, sino a la agencia y a la gobernanza donde precisamente las unidades son colectivas, es decir, son comunidades. Cuando pienso en lo sostenible me remito al verbo SOSTENER, en este caso, sostener el mundo que nos contiene y sostenernos a nosotros mismos y al tiempo de sostener, irremediablemente resistir. Pienso en todos los que estamos en este camino y en cómo nos apoyamos los unos a los otros para seguir sosteniendo y a la vez expandiendo la realidad, para fraguar presentes y futuros posibles, no como una carga irremediable de lo perpetuo sino como un propósito realizable en lo regenerativo más allá de nosotros mismos.

Por último, nos queda el lujo, que suele proyectarse desde lo demostrativo, de todo aquello que denote riqueza y poder. El lujo se asocia con lo opulento, por tanto, lo acumulativo y en ese orden con lo extractivo. Sin embargo, el lujo se mueve entre dos extremos, es acaparación pero a la vez es restricción, porque el lujo paradójicamente se erige siempre desde lo poco, algo se vuelve lujo cuando es escaso, cuando no todos tienen la posibilidad de acceder a él y alrededor de esta construcción el lujo se equipara con lo prescindible. Pero una vez más quiero ver el término desde otro lado y entender el lujo desde lo completamente imprescindible y necesario porque lo visualizo desde la acumulación y la escasez pero no de objetos sino de tiempo y relaciones, los dos grandes recursos más exiguos de esta época de sobrepoblación y disponibilidad continua y por tanto, los más indispensables.

Con las definiciones expuestas, a estas alturas ya todo debería estar claro, pero en realidad no es así, ya que las palabras por más que tratemos de definirlas necesitan pertenecer a algún lugar para que tengan sentido y no pierdan su fuerza. Por eso, voy armando pares y es como compongo la primera idea de moda sostenible, esa categoría pegadiza en los últimos meses que va tomándose el centro de las conversaciones con una rapidez inusitada debido al punto de quiebre al que hemos llegado. La moda sostenible “es todo lo bueno” pero no es indiferente a los ciclos de la moda y a sus estructuras tradicionales, lo cual conlleva a que este tipo de apuestas cuando salen de la clandestinidad donde se gestan, se asumen en lo hegemónico desde el mercadeo, haciendo de lo sostenible ese nuevo objeto del deseo, narrado desde un imaginario ético incontrovertible y desde la promesa del cambio que, aunque es difícil, las marcas están dispuestas a asumir el reto, eso sí, pasándole factura a su consumidor como una especie de culpa compartida o de reparación exigida; haciendo por lo tanto que ese nuevo deseo estético y ético sea separado de las mayorías por unos precios que pocos pueden pagar, siendo esto muchas veces, la instrumentalización de la sostenibilidad para generar visiones equivocadas del concepto, por amarrarlo a lo exclusivo en tanto excluyente. Es ahí cuando surge la certeza plena de que lo sostenible es un lujo y ciertamente una moda más.

Y es que hablar de moda sostenible es en sí una contradicción a primera vista, pues la moda tiene un carácter caduco mientras la sostenibilidad apunta a lo perenne. Sin embargo, con un poco más de hondura nos damos cuenta que estos lugares son intercambiables y fluyen y por eso mismo se reconcilian al salirse de los encasillamientos. De esta manera podemos - y propongo- ver la moda sostenible cómo ese sistema que se sostiene a sí mismo para generar nuevas dinámicas entre todos sus actores, que se autogestiona y se regenera sin perder el propósito mismo de la moda de traducir los momentos en tendencias y construir identidades en el tiempo, en una sinergia no solo con lo cultural sino también y sobretodo con lo natural. No obstante, el que la moda deba construirse desde este enunciado implica un costo cultural, social y evidentemente económico que toma su distancia de la vasta disponibilidad a la cual estamos acostumbrados y es cuando el lujo empieza a entrar en esta conversación de una manera a primera vista negativa, por su condición restrictiva.

En consecuencia, el siguiente binomio de este juego de palabras es el de moda y lujo, sobre el cual ya casi todo está dicho, solo falta que hagamos un recuento rápido de la simbiosis que hay entre los dos a lo largo de la historia para darnos cuenta que llegan a ser casi sinónimos encumbrados en lo prohibitivo. Precisamente por esta enunciación aspiracional de la moda (del lujo) fue tan poderoso el discurso de su democratización, pues por primera vez todos estábamos en capacidad de acceder a lo mismo y al mismo tiempo abundantemente. Las jerarquías parecían diluidas y es justo ahí donde la sostenibilidad encuentra un choque de frente pues al ser (mal) entendida nuevamente desde lo exclusivo, se le da a la moda sostenible el carácter de élite, por tanto, sólo es posible desde el deseo material y axiológico, dándonos a entender que además de no poder acceder a lo estético, ahora además se nos niega lo ético, abriendo la puerta a todas las especulaciones que el mercado está en capacidad de reproducir a costa de nuestro deseo. Sin extenderme es momento de decir por si aún quedan dudas, que dicha democratización es una falacia y más bien es una tiranía ejercida en ambas direcciones, sobre el que lo hace, que sigue al margen de la abundancia y sobre el que compra, porque la abundancia nunca será suficiente y por lo tanto, lo acumulativo se volverá esclavitud, por eso el democratizar la sostenibilidad tiene que hacerse desde lugares que no caigan en este dilema.

Precisamente por eso, cuando a la moda y al lujo le sumamos la sostenibilidad bien entendida, cambian las dialécticas y entonces en la moda sostenible, el lujo no es poder acceder a lo poco para acapararlo, no es una gesta de poder sino que tiene que ser la valoración de lo que damos por sentado: del tiempo y las relaciones. El lujo debe ser atesorar lo intangible y re valorar aquello que lo hace posible en todas y cada una de las cosas a las que accedemos. El lujo en la moda sostenible consiste en despegarnos de una vez por todas del precio, de la avaricia de cuanto puede abarcar cada peso. La moda sostenible claramente se basa en la renuncia, más no en lo escaso y las temidas prohibiciones no tienen que venir de fuera sino de la conciencia propia de que el desborde material es innecesario, que las identidades se construyen también desde lo reflexivo de la negación y que la abundancia se lee en las experiencias y desde ahí es donde se media el lujo, de la riqueza contenida en la narrativa colectiva que no se agota.

Después de tantas vueltas, llego otra vez a la pregunta: ¿la moda sostenible es un lujo? y me pregunto más bien ¿por qué no debería serlo? y entiendo que el lujo no es lo problemático sino el entendimiento de éste y lo utilitario que se vuelve lo sostenible dentro de las economías que lo usan de oxígeno para sus sofocados crecimientos. Así que la moda sostenible debería ser un lujo, pero no por los precios desmedidos de muchas de las marcas que se sitúan en esta categoría y que solo son capaces de medirse en precios, sino que es un lujo por lo que conlleva en su núcleo, la abundancia de tiempo y relaciones en cada prenda que en el resto de la moda son tan escasos; que es un lujo ser quien reciba en sus manos - y en su cuerpo, a la vez imagen- el producto de los esfuerzos de los que están gestando las verdaderas revoluciones. Por lo tanto, cuando entendemos el lujo desde el cuidado y el reconocimiento del otro y más que desearlo lo exigimos porque también lo merecemos y desde este lugar entendemos que la moda sostenible no tiene que ser un beneficio para pocos sino un privilegio para todos. Claramente la moda sostenible tiene un precio que puede parecer no democratico, pero que en su lugar es justo para todos los que participan de este sistema y poder decir que es así hoy por hoy, es el mayor lujo de todos.